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miércoles, 1 de octubre de 2008

LAS MUJERES DE LOS ROJOS


Una fosa común situada junto a la ermita de San Miguel de Frechilla (Palencia) acoge desde septiembre de 1936 los restos de 15 defensores de la libertad y de la justicia. La alcaldesa, del PP, se niega constantemente a autorizar la colocación de una placa con sus nombres y el motivo por el que los mataron. Los familiares y la Asociación por la Recuperación de la Memoria histórica, que por cuatro año consecutivo celebraron el pasado domingo 28 un homenaje en su memoria, unos revanchistas según el criterio de la alcaldesa, se ven, sin embargo, obligados a partir en su recorrido de la plaza del General Franco, según consta en la placa que preside la plaza principal del pueblo. Y este año han tenido que plantar un nuevo roble en sustitución del del año pasado, que ha sido arrancado. Durante el acto, una mujer de nombre Consuelo Ruiz, leyó este estremecedor poema:


Quisiera escribir un himno
a un pobre racimo humano
las mujeres de los rojos
que en España nos quedamos,
para las que no hubo escape,
para las que no hubo barco.

Las que nos quedamos solas
con sus hijos en los brazos,
sin más sostén ni más fuerza
que el que daba el estrecharlos
como prendas de un amor
contra nuestros pechos fláccidos.

Todos perdimos la guerra,
todos fuimos humillados,
pero para las mujeres
el trance fue aun más amargo.

Largas colas en Porlier
con nuestros pobres capachos.
Caminatas bajo el sol
con los pies semidescalzos.

Caminatas sobre el hielo
tiritando en los harapos.
Largas, duras caminatas
en busca de algún trabajo.

Cansancio y humillación
si lograbas encontrarlo
y si no lo conseguías,
humillación y cansancio.

Por el pan de nuestros hijos,
siempre un combate diario.
¡Esos días siempre solas,
esos días largos, largos,
que fueron semanas, meses,
que fueron tanto, tanto que,
entre dolor y entre lágrimas,
se convirtieron en años!

Nuestros hombres en la cárcel,
nuestros hombres exiliados,
nuestros hombres cada día
cayendo como rebaños
en manos de furia ciega
de matarifes fanáticos.

Y las mujeres seguimos,
a nuestro modo luchando
y esa guerra, sólo nuestra
esa guerra la ganamos.

Los hijos de nuestros hombres
quedaron en nuestras manos
y supimos inculcarles
un culto casi sagrado
por los muertos, los ausentes,
los padres que les faltaron.

Se los pusimos de ejemplo
porque siguieran sus pasos
y logramos convencerles
de que eran buenos y honrados,
aunque en la calle, en la escuela,
les dijeran lo contrario.

Éramos pobres mujeres
y supimos elevarnos
sobre el dolor, sobre el miedo,
sobre el hambre y el fracaso
y criamos nuestros hijos
dignos de sus padres, bravos;
serios, dignos, responsables.

Los íbamos cultivando
pilares para un futuro
que aún parecía lejano
y en el que siempre creímos
con los puños apretados.

Quisiera escribir un himno,
grande, estupendo, fantástico,
de pobres mujeres débiles
con heroísmos callados,
de esfuerzos y sufrimientos
que eran el vivir diario
y, que a pesar de ello supieron,
con un esfuerzo titánico
ir manteniendo la llama
de amor al padre lejano,
al padre que estaba preso
o al que habían fusilado.

Yo quisiera a voz en grito
poder entonar un cántico
que dijera todo eso,
que bastante hemos callado.
Las mujeres de los rojos
que en España nos quedamos
creemos tener, al menos,
el derecho de contarlo.

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