
El hoy rey emérito distinguió a la viuda del genocida y su hija con diferentes títulos. Era una forma de agradecer el traspaso del poder a una monarquía instaurada sin ninguna legitimidad. A la señora de Franco le concedió el Señorío de Meirás, nombre tomado del pazo que el tirano usurpó al pueblo gallego para convertirlo en su residencia veraniega. La distinción era vitalicia. A Carmen, la hija, le regaló el Ducado de Franco con carácter hereditario, acompañado nada menos que con Grandeza de España. Y así llegamos hasta hoy, sin que ningún Gobierno central, de izquierda o derecha, haya tenido la dignidad de suprimir esas afrentosas distinciones. Y, por supuesto, ni Juan Carlos ni su heredero han tenido la intención de borrar esas miserias del pasado. (klik egin-ver más)
Isabel Angulo, Directora de la Escuela Vasca de Protocolo (en Grupo Noticias)
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