
Significa que como uno sale a la calle todos los días, y viaja en el metro, y acude al supermercado (donde ya le han robado en un par de ocasiones, por cierto, la moneda del carrito) y tiene familiares y amigos que viven en la vida real, uno no acaba de entender la afectación con la que Rajoy sube a la tribuna, quitándose de las solapas los restos inexistentes de un banquete irreal, y se dirige a nosotros, a usted y a mí, tratando de convencernos de que el pollo asado que el pobre tiene instalado en su cabeza es un pollo real. La diferencia, de momento, entre Carpanta y Rajoy estriba en que aquel era un personaje de tebeo y este es un señor de verdad que, para mayor complicación, gobierna un país en el que la angustia individual y colectiva comienza a alcanzar límites insoportables.
Rajoy, por su edad, tuvo que conocer bien a Carpanta. De hecho, debió de influirle mucho el personaje, pues nos lo recuerda con frecuencia en sus actitudes formales, en su lenguaje, en su parsimonia. Mal asunto, que la actualidad nos retrotraiga a una historieta de posguerra.
Juan José Millás, en El País
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