viernes, 31 de octubre de 2008

CASIMIRO DE MIGUEL, ESPÍA Y CURA DE UJUÉ


Hace doscientos años, las tropas francesas habían ocupado las principales localidades navarras casi sin efectuar un disparo. La burguesía local colaboraba de buena gana con el ejército de Napoleón. Fue entonces cuando la chispa de la rebelión se encendió y fue precisamente Ujué y su cura, Casimiro Javier de Miguel e Irujo, quienes tuvieron un protagonismo relevante. De Miguel fue excelente espía y torpe guerrillero.
Todo comenzó en julio de 1808, cuando varios ujuetarras robaron a un militar francés y a su mujer cerca de Tafalla. “La descripción posterior efectuada por el oficial implicado sobre la tosquedad de la gente de la Montaña y la de su lengua no dejaba lugar a dudas de que había sido abordado por habitantes de Ujué”, explica el historiador estadounidense John L.Tone en su estudio sobre la guerrilla y la derrota de Napoleón en la Península.
El día 17 de ese mes una columna gala llegó a la villa del Santuario para castigar a sus habitantes. La población había huido y sólo permanecía el cura, el cual usó su dominio del francés para persuadir a los soldados de que no incendiaran la población. Sin embargo, no pudo evitar que cuatro ancianos que no había escapado fueran pasados por las armas y otro más cayera herido.
En su fuga, la gente del pueblo había sacado de sus casas todo el ganado y los alimentos. Llegaron a derramar por las empinadas calles la reserva de agua que almacenaban, así que Ujué se convirtió en un lugar inhabitable y los franceses no se pudieron quedar ni siquiera a descansar.
La Junta que en Aragón se había creado para luchar contra Napoleón intentó organizar a los navarros rebeldes. Ujué ya estaba movilizado a cuenta del enfrentamiento de julio, así que fue fácil formar una partida de vecinos armados que se movía entre la sierra y Carcastillo.
Mientras Napoleón planeaba convertir Navarra un departamento francés más, los campesinos esquilmados por impuestos abusivos comenzaron echarse al monte en defensa de su patrimonio. La Junta Central que canalizaba en el Estado el esfuerzo contra el invasor intentó poner disciplina en el territorio foral y nombró al cura de Ujué su delegado.
Casimiro de Miguel con ayuda de otros sacerdotes, como los de Larraga y la sierra de Alaiz, trenzó una red de espías que iba de Zaragoza a Pamplona, de Baiona a París. Se llegó a comentar que el párroco ujuetarra sabía a medianoche todo lo que se había dicho el día anterior en la mesa del gobernador militar francés que dominaba Navarra. “El sistema de espionaje de Miguel contaba con la ventaja de la lengua vasca, común a los campesinos de ambos lados de los Pirineos”, destaca Tone en su estudio presentado en la universidad de Georgia (EE.UU.).
De Miguel era buen espía pero mal soldado. No participaba directamente en la lucha y por ello, entre otras cuestiones, no consiguió la autoridad moral necesaria para convertirse en un líder guerrillero, papel que asumió el joven Javier Mina a quien tras su detención sustituiría su tío, el famoso Francisco Espoz y Mina.
En cada pueblo navarro, el cura de Ujué y Javier Mina tenía espías, que con frecuencia eran el alcalde o párroco de la población, y que por sus confidencias recibía un sueldo regular. Las bajas de la batalla eran generalmente exiguas en el lado navarro, aunque los franceses compensaban este déficit ejecutando guerrilleros y civiles, como ocurrió en la Plaza de Olite con el fusilamiento de ocho padres de voluntarios.
La posición del cura de Ujué como cabeza del espionaje y del sistema de abastecimiento de la guerrilla llegó a conocimiento de los franceses y De Miguel consideró oportuno salir de Navarra. El clérigo consiguió ser elegido representante del viejo reino en las Cortes reunidas en Cádiz. En menos de dos meses, como resultado del abandono de la red de espionaje que había tejido el cura, en una celada en el Carrascal cayó en manos francesas el responsable militar de la subversión, el joven Javier Mina que años más tarde moriría fusilado por los españoles en México cuando luchaba por la independencia del país azteca.
El Corso terrestre, los voluntarios navarros que habían luchado con Javier, prácticamente se disolvieron tras la caída del cabecilla. En abril de 1810, de los 900 guerrilleros, sólo su tío Francisco Espoz y Mina y otros seis combatientes seguían empuñando las armas, entre ellos el olitense Manuel Gurrea y el tafallés Luis Gastón.
Espoz y Mina consiguió recomponer la guerrilla, que a partir de entonces se llamó División Navarra, y en meses reorganizó todo un ejército mayor incluso que el de su sobrino. En agosto de 1810, el antiguo cura de Ujué regresó a su tierra tras una prolongada ausencia. Portaba órdenes del gobierno de Cádiz para tomar el poder de la guerrilla local, movimiento que Espoz y Mina interpretó como una afrenta a su autoridad.
La falta de experiencia militar de Casimiro de Miguel se puso de manifiesto rápidamente. El religioso decretó impuestos e intentó recaudar bienes en la zona de Estella. Mina se rebeló contra el cura de Ujué. Reasumió el mando de la guerrilla, arrestó a De Miguel y lo deportó a Palencia, donde en 1812 cayó enfermo y murió.
Francisco Espoz y Mina se convirtió así en el “pequeño rey” de Navarra, a la vez que recibió el reconocimiento formal de la Regencia de Cádiz. El cabecilla de la guerrilla acabó el conflicto como el más preciado héroe navarro, mientras el cura que trasformó la atalaya de Ujué en un nido de espías pasó en la historia a un discretísimo segundo plano.

Luis Miguel Escudero

La Voz de la Merindad

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